Yigit

El viernes pasado fue el último día que compartí aula con Yigit. No creo que vuelva a verlo más. Espero no volver a verlo más. Aunque me quedaré con las ganas de saber qué había en la caja, eso sí. Este turco flaco y huidizo que jamás enfrenta la mirada siempre me inquietó un poco, precisamente por ese carácter extraño y reservado, que parece que no tenga origen en la timidez, como ocurre con buena parte de  los estudiantes orientales, sino en un acto consciente de total desprecio o apatía por todo lo que le rodea. El viernes llegó, para variar, un cuarto de hora tarde a la prueba de inglés, como ha venido haciendo cada viernes por la mañana durante los últimos meses. Sophie ni siquiera se molestó esta vez en darle las buenas tardes, seguramente asumiendo  que a estas alturas el amigo Yigit se pasa la ironía por el ojete. Apareció como un fantasma por la puerta ( así se manifiesta siempre, como una imprecisa amenaza), y cruzó el aula con lentitud, sin saludar, arrastrando la mirada por el suelo y sin atisbo alguno de incomodidad o apuro por el hecho de presentarse a esa hora o por provocar la distracción de sus compañeros. Y en este punto aclaro que no suelo censurar comportamientos ajenos, siempre y cuando esto no  lleve aparejado el hecho de incordiar al vecino. Es decir, que si el tipo decide en la intimidad de su cuarto coserse los párpados con nylon o vaciarse tubos de Super Glue en los oídos para aislarse así del mundo exterior, no voy a ser yo quien llame a urgencias. Pero no toquemos los cojones al resto del personal, porque corremos el riesgo de que a más de uno(me incluyo) se le hinche la vena mala. 

Pero bueno, todo esto no tendría nada de particular en este pájaro si no fuera por el hecho curioso de que ese día llevaba consigo una caja verde, bastante grande y gastada, como de zapatos, que depositó con precaución en el suelo, antes de sentarse en la silla con una mueca de infinito aburrimiento, mientras esperaba a que le repartieran las hojas del examen. En ese momento, claro, toda la atención se centró en su figura y en la caja que había traído. Después pasó un minuto de tensión pesada. Y ya parecía que la cosa iba a terminar ahí y que cada uno iba a volver a lo suyo cuando Sophie habló, antes de acercarse a él, con la voz un poco más áspera de lo habitual pero ejerciendo una vez más el dominio absoluto de una situación que se estaba produciendo durante su clase: “Te voy a dar hoja de examen porque es la prueba escrita y es asunto tuyo si quieres perder 20 minutos de tu tiempo. Pero si llegas un minuto tarde al listening  de las cuatro, no permitiré que molestes a tus compañeros. Simplemente te quedas fuera”. En ese instante, Teresa, la gaditana seria (¿?) me buscó con sus ojos inquietos, desviándolos un segundo después hacia la misteriosa caja.”¿Qué llevará ahí dentro?…”.”No sé”. Señalo ahora que si se tratara de cualquier otra persona el asunto no tendría importancia. Roehampton es una universidad multicultural y se ve gente de lo más variada. Algunos estudiantes llegan en monopatines; otros, escondidos bajo enormes capuchas; otros (otras, sobre todo), no conocen lo que es la manga larga o el zapato cerrado (el invierno es un concepto difuso), y otros (otras, siempre) se asoman al mundo a través  de una ventanita rectangular recortada a la altura de los ojos. Nadie apunta a nadie. Nadie comenta nada; y no por una cuestión de respeto, sino porque es lo que acostumbra a ocurrir cada día y en cada clase. Sin embargo, en el caso de Yigit, la cosa es bien distinta. Debido a su singular manera de comportarse, a cualquiera se le dispara la imaginación, y enseguida llega a la conclusión de que esa caja podría haber ocultado cualquier cosa, como ocurría en la secuencia final de Seven. Es más, no me habría extrañado que en un momento dado el tipo se hubiera levantado y hubiera abierto con parsimonia la tapa para exhibir sin rubor la cabeza torpemente mutilada de Gwyneth Paltrow.

 

Afortunadamente,sin embargo, su poder de atracción es limitado, y a los pocos minutos de la llegada del individuo todo el mundo estaba ya centrado en lo suyo, y el examen se desarrolló sin más incidente, aunque yo no podía evitar volver la cabeza hacia la caja de vez en cuando, encontrando algunas miradas en el camino, entre ellas la del propio Yigit, que conoce perfectamente el efecto que él y sus rarezas causan en la gente. En fin, al menos el episodio me sirve para excusarme esta vez de los mediocres resultados obtenidos en el reading. Por alguna razón que aún sigo analizando, me cuesta más la asimilación del lenguaje (reading, listening), que es lo que más practico, por cierto, que la producción del mismo (speaking, writing). Esto no le ocurre al resto de estudiantes, que desarrollan antes las habilidades “pasivas” por motivos obvios. No sé, sospecho que se trata de falta de concentración, o despiste,como parece ilustrar esta entrada; sin embargo no descarto que sea idiota, por si acaso. En fin, veamos que ocurrió al final, aunque adelanto que no es muy sorprendente. Ocurrió simplemente que, una vez terminado el examen, Yigit se levantó del asiento, alargó el brazo por encima de la mesa y entregó su examen a Sophie. Sin decir palabra, sin una mala mirada (clavada tozudamente en el suelo) o un gesto desafiante por lo ocurrido al inicio del examen. Nada. Simplemente extendió la mano y entregó sus hojas. Acto seguido rescató del suelo su abultada mochila Reebok y su caja verde, y desapareció tras la puerta. No se presentó a la tarde para hacer el examen oral, y todos nos quedamos con las ganas de saber qué demonios ocultaba en aquella caja. Aunque ésto ya lo dije al principio, ¿no?.

 



3 Responses to “Yigit”

  1.   Uncas y Raquel Says:

    yo se lo que llevaba…..gusanos de seda!!! quien no ha llevado en su infancia una caja así al cole??para enseñarsela orgulloso a sus compañeros de clase y después se ha ido corriendo a buscar hojas de morera?por eso no se presento al siguiente examen, tenia que darlos de comer… ains… y seguro que más de unos ha pensado que llevaba algo más peligroso que haría saltar por los aires a algo a alguien…mal pensados!!! jejeje

    p.d: cuando vuelves por aqui? todavía estas a tiempo de quedarte, piensalo……

  2.   Stone1991 Says:

    Ay mamá, los gusanos de seda!!!! la verdad es que al principio molaban mogollón, y tú todo el día recolectando morera cual agricultor a jornal. Pero poco a poco se iba desinflando la emoción. Los jodíos bichos, pues eso es lo que son, sólo tragaban y engordaban y no hacían cucamonas como perros y gatos ni cosas graciosas como meterse un puñado de pipas en la boca, como los hámsters (por cierto que conocí uno que volaba! un tal Hooker….el sr. Nombela podrá daros más datos); tampoco piaban alegremente como los canarios, ni nadaban graciosos como peces (aunque éstos tampoco son la risión que digamos).

    Total, que las raciones de morera se iban restringiéndo un poco más, hasta que un día, abrías la caja y, voilá, allí había un número X de capullos (no de los que se sientan en el congreso, de los de seda) y algún rezagado. Pero claro, ai antes hacía poco, ahora en sus crisálidas todavía menos, salvo transformarse cual mutantes espaciales.

    Si alguno no ha descubierto debajo de su cama, a los pocos meses, una caja de galletas con la tapa perforada por un lápiz, llena de hojas de morera secas, algunos capullos de seda y alguna asquerosa polilla blanca patas arriba, que levante la mano!

    Era como aquel experimento del garbanzo (léase también lenteja, patata, etc.) que se ponía en algodón mojado. Qué emoción con los primeros brotes! pero luego…….

  3.   alex indigente Says:

    Pues yo lo único que puedo decir es…¡Me cago en los charlis! Siempre mirando así como miran ellos…como sospechando.

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