London Marathon 2010

Mayo 1st, 2010 Mayo 1st, 2010
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“Esmérate hoy con la cámara, amigo, que voy a por todas”. El fotógrafo que aparece puntualmente (y por amor al arte, hay que apuntar [aplauso]) cada sábado en Wimbledon Common para dejar testimonio gráfico de lo que allí pasa, me ha mirado un poco extrañado al principio, pero luego le he explicado que es mi carrera número 10 y que la ocasión bien merece una buena foto. En un momento ha compuesto una mueca amable y me ha guiñado un ojo cómplice, en señal de compromiso. Y ha cumplido. Yo he procurado hacer lo mío y lo mío me ha costado, pero al final lo hemos conseguido. Ha habido, sin embargo, un momento peligroso, hacia el final de la carrera, cuando mi campo de visión se ha fundido en blanco y una extraña voz suave y grave me animaba a avanzar hacia la claridad, momento que ha sido debidamente superado tras realizar un importante esfuerzo  de concentración que me ha llevado a repasar mentalmente todas las cosas que aún me quedan por hacer, como visitar la Patagonia o volver a perder la virginidad, y al final, tirando de orgullo y de algo de  inconsciencia, he llegado a la meta con cierta dignidad.

La idea cerril de tratar de superar hoy  mi raquítica marca personal se coló en mi cabeza el domingo pasado, mientras observaba, en  Buckingham Palace, a 200 metros de la meta, el paso de corredores de la (el) Maratón de Londres(que cumple 30 años), otro multitudinario acontecimiento en esta inagotable ciudad, que aparte de cita deportiva de relevancia, es el mayor evento con fines caritativos de todo UK. De los 36.000 dorsales, más del 80% son propiedad de asociaciones benéficas, que los ceden gustosamente a los corredores que se avienen a pagar una media de mil eurazos por numerito. El 20 % restante se destina básicamente a profesionales, y solo un pequeño  porcentaje se reserva a corredores del montón, que participan en una subasta donde se sortean esos pocos dorsales. Por lo tanto, si quieres participar en el maratón, o buscas patrocinador caritativo previo pago, o puedes jugártela y echar la solicitud a ver qué pasa. Por supuesto, de ese porcentaje los ingleses se guardan un tanto, así que si eres extranjero, pobre y fondón las posibilidades de correr son más bien pocas. No obstante, se cubrieron las 125.000 solicitudes disponibles para la lotería.

Pero merece la pena ir como espectador de todas formas. Como ya he dicho en algún momento, los ingleses son muy participativos, y a lo largo de toda la carrera hay multitudes  animando a los atletas. A mí me tocó por cierto vivir algunas situaciones angustiosas, no en la lucha por los primeros puestos, que se resuelve con rapidez (de milagro pillé al ganador), sino algo más tarde, cuando van apareciendo los que terminan con las fuerzas justas. Recuerdo uno de los corredores que llegaba tambaleante y medio desorientado a la recta final. Tengo grabada su cara huesuda y pálida, y también el momento en que el tipo se giró hacia el público y comenzó a avanzar trabajosamente hacia la valla, con la mirada perdida, como un zombi. Afortunadamente, vinieron otros dos corredores al rescate, y finalmente lo acompañaron a la meta. Otros no tuvieron tanta suerte. A los pocos minutos un atleta muy alto llegó totalmente extenuado, bailando charlestón con sus piernas de alambre mientras se empeñaba en mantenerse derecho y trataba en vano de adelantar un pie, reproduciendo la imagen de un bebé que ensaya sus primeros pasos. La organización dudaba entre socorrerlo o dejarle hacer. Al final llegó la ambulancia y se lo llevó, a 200 putos metros de la meta y tras haberse echado entre pecho y espalda 42 kilómetros. Había que ver esa cara.

Después de la carrera  el centro londinense se convirtió en un hervidero, como se puede apreciar en la foto (mía, con todo lo que conlleva), de la calle que une Trafalgar Square con la orilla norte del Támesis. Miles de corredores luciendo medalla, orgullosos, y acompañados de familiares y amigos llenaban los pubs y las plazas. Viendo todo aquello  fue cuando me dio por echar un cálculo rápido tomando como referencia mis carreras de los sábados, y me dí cuenta que tendría que invertir algo más de cuatro horas, suponiendo que las cosas fueran bien, para completar el recorrido de  una maratón. Más de cuatro horas de esfuerzo continuado y extenuante. Imposible. Así que en ese momento decidí que hoy echaría el resto, a mi nivel, y así ha sido, ayudado por el empuje que proporcionan un poco de obstinación y la comprensión condescendiente de un fotógrafo desinteresado.