A walk in Portobello Market

Abril 14th, 2010 Abril 14th, 2010
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“No tiene sentido. Supongamos que vives, no sé, unos ochenta años. Por los hechos ocurridos en ese periodo de tiempo resulta que te condenan a una eternidad en el infierno o te premian con una eternidad en el paraíso. ¡Qué desproporción!”. Asiento ante el último de los poderosos argumentos que sostiene esta chica para aferrarse a su falta de fe en la fe. Al momento, sin embargo, me aclara que ha copiado un pensamiento de Borges, y añade que ella también “dejó atrás el chantaje del cielo hace unos años”. Otra opinión robada. No importa. Esta catalana menuda de fingida mirada distraída me cae bien, me gusta escucharla, y no parece que tenga 21 años, sino bastantes más. Yo admiro a Borges de oídas, por inercia, sin haber leído ni una sola palabra de un autor supuestamente imprescindible.

 

En unos minutos pasamos por delante de la tienda de libros donde Hugh Grant enamoró a Julia Roberts. Isabel lo menciona de pasada, aburrida, como si llevara años realizando el mismo itinerario turístico. Notting Hill, el barrio, tiene el mismo atractivo que Notting Hill, la película: ninguno. Excepto por la merecida fama de Portobello Market. “Cuéntame más, Isabel”. Y me cuenta que el mercado de antigüedades lo fue antes de fruta y verdura, hace un par de siglos. Después, a mediados de los años 60 llegaron los anticuarios con sus libros, con sus pinturas, con sus trastos, y se instalaron a la entrada de Portobello Road, en los primeros locales. Avanzamos con dificultad entre la marea de gente. En algunas de las tiendas hay que esperar turno para poder entrar y curiosear. En un claro le pido a Isabel que me haga una foto, junto a las fachadas coloreadas, y a continuación seguimos caminando por esta calle que parece no acabar nunca. “Ahora llegan los puestos de frutas y verduras”, me anuncia, y casi me molesta dejar atrás las tiendas atiborradas de cosas curiosas, de viejos baúles, de catalejos oxidados, de guantes de boxeo, de sombreros de explorador, de multitud de objetos que tal vez reclaman una visita algo más pausada. Es igual, volveré la próxima semana, o a la siguiente.

 

Entre el tramo de los puestos de fruta y el siguiente, un mercadillo de ropa sin más atractivo, escucho música. Me llama la atención el simpático dúo medio cómico que toca algo que identifico como swing, sin saber muy bien lo que es exactamente, aunque prefiero acercarme a escuchar al elegante bluesman. A Isabel no le gusta demasiado la música y se impacienta un poco,  y prefiere esperarme curioseando en un puesto de discos cercano. Cuando llego hasta ella se ha comprado un disco pirata de Beyoncé y otro de rap o hip-hop; se reconcilia con su edad. Terminamos el paseo en un puesto de comida tradicional alemana y compramos un par de bocadillos de salchichas. Isabel me cuenta que le gusta escribir. Claro. Yo le comento que estoy escribiendo un blog donde voy contando algunas cosas que me van sucediendo en Londres. Isabel da un buen mordisco a su bocadillo, me mira y pregunta con la boca llena: “¿Contarás nuestro paseo por Portobello?”. Yo le pego otro buen bocado al mío e imito su gesto, antes de contestar. “Vale”. 

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